Dejar para mañana lo que se puede hacer hoy

Que tire la primera piedra quien no le pasó nunca. Aunque hoy en día fácilmente podríamos culpar a las nuevas tecnologías como distracción de nuestras obligaciones, perder el tiempo, dudar y postergar son síntomas tan antiguos como actuales. Son síntomas para deshacerse temporalmente de la intranquilidad que produce hacerse cargo de lo que se desea y lograrlo.

Evitar una acción o una decisión está relacionado con volver imposible lo que se desea, ya que la ejecución del deseo podría cambiar nuestra identidad. Por ejemplo, un empresario encuentra objeciones y duda en cerrar un trato que puede convertirlo en “el ganador”, “el que hizo un buen negocio”. ¿Por qué esto sería un conflicto, si supuestamente es lo que desea?

De la misma manera, podemos ver la postergación en otras áreas de la vida: ¿Por qué no me pongo las pilas con el idioma? ¿Por qué no hago lo necesario para convalidar el título y tener un mejor trabajo? ¿Qué pasa que no voy a las fiestas de mis colegas para integrarme más al grupo/sociedad? ¿Qué riesgos inconscientes conlleva la consecución de estas tareas? ¿Está en juego la pérdida de algún aspecto de mi identidad?

Es necesario entonces discriminar dos niveles: La procastinación que cualquier mortal padece, como una tendencia evitativa a veces presente. Y, por otro lado, la procastinación patológica, en la que vemos a un sujeto generalmente impedido de poder apropiarse de pequeños o grandes desafíos que definirían un avance, progreso y crecimiento. Podemos verla en la neurosis o incluso en la depresión.

Podríamos decir que es un modo particular de relacionarse con el deseo. Como si fueran dos caras de la misma moneda, un objetivo o anhelo puede desencadenar ilusión y proyecciones por un lado, y por el otro una serie de estrategias para evitar la angustia. El tema es comprender por qué en esos anhelos está tan cerca el objeto de deseo con la culpa y la angustia. ¿Qué representa ese deseo y objetivo, que es necesario evitarlo?

Es interesante pensar que este síntoma delata una relación con el tiempo muy compleja. En la postergación incesante, en la pérdida “oportuna” de tiempo, podemos ver que en el inconsciente predomina la idea de que la muerte no existe. Como si el tiempo no pasara, como si los plazos no caducaran. La duda se presenta para defenderse de la angustia, porque cuando uno toma una decisión renuncia al resto de posibilidades. Así queda relacionada la renuncia con la pérdida y la idea de la muerte. Este mecanismo, que sucede a diario, hace que uno permanezca parado en un mismo lugar en el tiempo.

A drone shot of a windy road in the mountains

Sin embargo, ¿a quién lo le pasó nunca? La frase “cuidado con lo que deseas, porque puede hacerse realidad” anuncia el destiempo en el que a veces nos sorprende el deseo o anhelo consumado, ya que si se cumple entonces el sujeto tiene que hacerse cargo de ello, y tal vez aún no se siente preparado.

¿No será que son los tiempos, las idas y vueltas necesarias para que uno tome fuerza para poder realizar lo que se desea? La procastinación también puede ser un mecanismo de ensayo y error, y por lo mismo, un tiempo de aprendizaje. Que tire la primera piedra quien no necesitó ni un minuto de reflexión y coraje para subirse a un avión y migrar, por ejemplo. O para elegir una carrera, para realizar una propuesta de negocios atrevida, para terminar con una pareja, para poder renunciar a un trabajo o para poder concluirlo.

Hay tres momentos lógicos en cuanto a la temporalidad de una acción: el instante de ver, el tiempo de comprender y el momento de concluir. Todo el mundo pasa por los tres tiempos, pero algunos se detienen más en los momentos de ver y comprender: quieren calcular antes de concluir o simplemente utilizan la comprensión como excusa. ¿Cuál es el límite que diferencia la postergación en la que se va la vida, y un tiempo propio y necesario para aprender y tomar coraje?

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